Subirse a un tren de vapor en el siglo veintiuno es un acto que requiere alguna explicación, o al menos cierta disposición a recibir miradas curiosas en el andén. No porque el tren sea anacrónico — lo es, deliberadamente — sino porque la velocidad que propone es tan diferente a la norma que parece casi subversiva. Un tren de vapor no va a ningún lugar con prisa. Avanza, bufando, sobre los mismos rieles que construyeron otros hombres en otro siglo, y en ese avance hay algo que los viajes eficientes no pueden ofrecer: la posibilidad de ver el territorio en su tamaño real.

§ 01La escala que los aviones ocultan

Estados Unidos, visto desde el aire, es una abstracción. Una cuadrícula de campos de cultivo, una mancha urbana, otra abstracción. Visto desde la ventanilla de un tren que corre a noventa kilómetros por hora sobre las llanuras del Medio Oeste, es otra cosa completamente. Las distancias entre ciudades se vuelven palpables. La horizontalidad del paisaje de Iowa o Kansas — esa planura que no termina nunca, ese cielo que ocupa tres cuartas partes del encuadre — solo se comprende desde tierra. Los viajeros que hacen el recorrido completo de la locomotora de vapor hablan de un momento específico, generalmente en el segundo o tercer día, en que el tamaño del país se vuelve físicamente presente. No es una impresión intelectual: es algo que se siente en el cuerpo, en la duración, en la cantidad de horas que pasan antes de que cambie el tipo de árbol al borde de la vía.

La locomotora en cuestión es una de las más grandes que se hayan construido para uso ferroviario — pertenece a una clase de máquinas diseñadas en los años cuarenta para arrastrar carga pesada por las Montañas Rocosas. Restaurada con precisión mecánica durante años por un equipo de especialistas, tiene la presencia visual de algo que no debería existir: demasiado grande, demasiado ruidoso, demasiado físico para un paisaje que ahora es mayormente silencioso y digital. Pero esa contradicción es exactamente lo que convierte a su recorrido en un acontecimiento.

§ 02Los andenes como sociología

En cada parada, la gente llega con sillas plegables y cámaras analógicas. No a documentar — a estar ahí cuando pase algo que no pasa todos los días.

Lo más interesante del recorrido no es el tren en sí — es lo que convoca. En cada ciudad pequeña donde para o simplemente pasa, la gente se congrega en los andenes, en los puentes, en los bordes de los campos de maíz. Familias con niños que nunca han visto una locomotora de vapor en movimiento. Ancianos que la vieron de niños y llegaron antes del amanecer para estar en primera fila. Fotógrafos con equipo analógico que esperan la columna de humo blanco contra el cielo azul de Wyoming. Hay algo en la acumulación de esas presencias — esas docenas de personas detenidas en el borde de la carretera con el motor del coche apagado — que dice algo sobre lo que la escala humana todavía genera cuando se le da la oportunidad.

El tren, en ese sentido, no es solo un vehículo sino un catalizador de comunidad temporal. Los pasajeros a bordo conviven con extraños durante días, comparten el coche comedor, intercambian destinos finales. Los que esperan en los andenes comparten el espacio durante minutos, pero la intensidad de la espera crea algo parecido a un ritual colectivo. América, que tiende a la dispersión y al aislamiento del automóvil particular, se junta por una máquina del siglo pasado que avanza bufando hacia el horizonte. Hay algo en eso que vale la pena observar con cuidado.

§ 03Viajar despacio como forma de conocer

Los países se conocen por sus bordes y por sus centros, pero sobre todo por sus transiciones — esas zonas intermedias donde una geografía cede a otra, donde la vegetación cambia de especie, donde el acento muta. El avión salta sobre esas transiciones. El tren las atraviesa. Por eso un recorrido de costa a costa en locomotora de vapor ofrece algo que ningún otro medio puede dar: la continuidad del paisaje norteamericano en su versión sin cortes. La pradera que se convierte en desierto, el desierto que encuentra las Sierras, las Sierras que caen hacia el Pacífico. El país entendido como proceso, no como destino. Para el año en que la locomotora recorre el país celebrando dos siglos y medio de historia nacional, esa lectura lenta y física del territorio parece no solo pertinente sino necesaria.