La primera vez que Martina y Dani se encontraron fue un jueves sin demasiadas expectativas. Ella, 29 años, diseñadora textil con el estudio en Almagro; él, 32, editor musical que vivía a tres cuadras de la feria de Bonpland. Se habían cruzado en la app, habían hablado once días seguidos y habían cancelado dos veces por causas menores: lluvia, trabajo, ese miedo difuso que a veces tiene la forma de una excusa perfecta.
§ 01Lo que no se dice en el chat
El tercer intento fue un sábado de marzo, con la luz de las cinco de la tarde cayendo oblicua sobre la vereda de Thames. Martina llegó diez minutos antes y se quedó parada frente a la vidriera de una disquería que ya no vendía discos. Cuando lo vio doblar la esquina, reconoció la misma expresión que él tenía en el video de verificación: una mezcla de concentración y algo que se parecía bastante a las ganas.
Tomaron un café que se enfrió rápido porque ninguno de los dos le prestó demasiada atención. Hablaron de la música que él masterizaba para sellos independientes, de los tejidos que ella investigaba para una colección que nunca terminaba de arrancar, de los barrios que cada uno había habitado antes de caer en Villa Crespo como quien cae en un lugar que elige sin haberlo decidido del todo.
§ 02La pregunta que no es una pregunta
Caminaron hasta el departamento de Dani sin que ninguno propusiera explícitamente ir. Fue una de esas decisiones que el cuerpo toma antes que la palabra. En el ascensor, él preguntó, con la misma naturalidad con que había preguntado todo lo demás: '¿Querés subir, o preferís que sigamos por acá?'. Martina se rio —una risa corta, honesta— y dijo que quería subir.
El departamento tenía discos apilados en el piso, una planta que necesitaba agua y una ventana enorme que daba a un paredón con grafiti. Dani puso algo en el parlante, algo lento y sin letra. Le preguntó si quería algo de tomar. Ella dijo que no con la cabeza y se acercó.
Lo que siguió tuvo la cadencia de algo que llevaba semanas construyéndose en mensajes de once líneas y audios de madrugada. Lento, atento, con esa calidad de presencia que es difícil de fingir. Martina pensó, en algún momento, que había valido la pena cancelar dos veces.
§ 03Después, la luz
Después estuvieron un rato en silencio, ella apoyada contra su hombro, mirando el paredón por la ventana. La planta seguía sin agua. El parlante seguía sonando. Martina le dijo que la canción era buena y él le dijo que la había masterizado él mismo, hace tres años, para una banda que ya no existía.
Salieron a cenar tarde, a una parrilla de la calle Loyola donde los mozos no apuraban. Pidieron vino del que no viene en carta. Se contaron cosas que en el chat habrían parecido demasiado. En algún momento, sin ponerse de acuerdo, dejaron de hablar de lo que habían sido y empezaron a hablar de lo que podría pasar el siguiente sábado.






