Valentina tenía 27 años y llevaba dos viviendo en el edificio de Córdoba al 1400 cuando empezó a prestarle atención a Ernesto. Él tenía 61, vivía en el cuarto piso desde hacía más de una década, y era de los vecinos que saludan con la cabeza y no hacen preguntas. Valentina, que venía de vivir en departamentos donde todos sabían todo de todos, encontró en ese silencio algo que al principio interpretó como frialdad y después, con más calma, reconoció como una forma de respeto.

§ 01La conversación del ascensor

La primera conversación real ocurrió un miércoles de julio, cuando el ascensor se detuvo entre pisos durante cuatro minutos que a Valentina le parecieron veinte. Ernesto no se alteró. Apretó el botón de alarma con una calma que ella encontró vagamente irritante y después se apoyó contra la pared con los brazos cruzados, como si esperar fuera algo que había aprendido a hacer bien.

Hablaron de la junta de propietarios, de la gotera del tercer piso, de la panadería que había cerrado en la planta baja. Cuando el ascensor volvió a moverse, Valentina se dio cuenta de que había estado hablando con alguien que la escuchaba de verdad, sin el gesto de quien espera su turno para hablar.

Había en él una quietud que no era distancia. Era la quietud de alguien que ya no necesita demostrar nada.

§ 02El café del sábado

Lo invitó a tomar un café sin pensarlo demasiado, un sábado en que él subía con una bolsa de mercado y ella bajaba sin destino claro. Ernesto aceptó con la misma economía de palabras con que hacía todo, y fueron a la confitería de la vuelta, una de esas con mesas de mármol y mozos que no te apuran.

Valentina descubrió que él había sido arquitecto, que tenía dos hijos que vivían en otras ciudades, que leía novelas policiales y cocinaba bien. Él descubrió que ella era traductora, que había vivido un año en Ciudad de México, que le costaba quedarse quieta pero que estaba aprendiendo.

Al final del café, cuando ya era evidente que ninguno de los dos quería terminar la conversación, Ernesto la miró y dijo, sin rodeos: 'No sé bien qué es esto, pero me parece que vos tampoco sabés, y eso me parece bien'. Valentina se rio. Dijo que era exactamente así.

§ 03La puerta del cuarto piso

Subir al cuarto piso esa noche fue una decisión que Valentina tomó con los ojos abiertos.

Subir al cuarto piso esa noche fue una decisión que Valentina tomó con los ojos abiertos y con la pregunta de él delante: '¿Querés entrar?'. No como cortesía: como pregunta real, con espacio para el no. Ella dijo que sí.

El departamento de Ernesto tenía libros en todas partes y una terraza pequeña con vista a los fondos del barrio. Estuvieron un rato ahí afuera antes de nada, con el frío de julio y las luces bajas de Rosario, y Valentina pensó que había algo muy honesto en empezar así: parados, mirando hacia afuera, sin apuro.

Lo que siguió tuvo esa misma calidad de atención que ella había notado desde el principio. Sin ansiedad de demostrar, sin performance. Después se quedaron hablando hasta tarde, con una botella de vino que él abrió sin preguntarle si tomaba, porque ya lo sabía.