El verano en Rosario tiene una forma de quedarse dentro de los edificios viejos. El calor se mete entre las paredes de ladrillo y permanece ahí, quieto, hasta bien entrada la noche. Sofía, 31, lo sabía mejor que nadie: llevaba tres años en ese departamento del séptimo piso sobre Güemes y todavía no había encontrado la manera de dormir sin el ventilador en máxima potencia.

§ 01Ruido de escalera

Mateo, 34, se había mudado al departamento del enfrente en marzo. El edificio era de esos que tienen los balcones casi enfrentados, separados por apenas cuatro metros de aire y las copas de un par de plátanos que nadie podó nunca. Los primeros meses se saludaron con esa cortesía neutra de vecinos rosarinos: un gesto, el nombre, nada más.

El punto de inflexión fue una noche de jueves con lluvia corta. Sofía salió a cerrar la ropa del tendedero y lo vio leyendo en el balcón con una cerveza apoyada en la baranda. Él levantó la vista. Ella no entró enseguida.

La conversación cruzó los cuatro metros de aire como si el espacio no existiera. Y cuando él preguntó si podía pasar a saludar, ella dijo dale sin pensarlo demasiado.

§ 02Adentro del séptimo

Mateo llegó con otra cerveza y una pregunta directa: '¿Hace cuánto que no hablás con alguien así, sin agenda?'. Era una forma de decir que él tampoco lo hacía seguido. Sofía lo invitó a sentarse en el piso del balcón porque no tenía sillas ahí afuera, y eso los niveló de una manera curiosa.

Hablaron durante una hora. Del barrio, del trabajo, de cosas que a ninguno le importaba fingir que no importaban. En algún momento Mateo le preguntó, con naturalidad: '¿Esto te parece bien, o querés que me vaya?'. Era una pregunta simple. Sofía eligió la respuesta más honesta: 'Quedáte'.

Lo que siguió fue lento y sin apuros. Las manos primero, luego la boca, luego el departamento entero que se convirtió en un territorio nuevo aunque Sofía lo conociera de memoria.

§ 03La segunda vez ya tiene nombre

No durmió mal esa noche. El ventilador siguió en máxima, pero el calor que quedaba era de otro tipo.

Por la mañana Mateo se fue antes de que el edificio despertara del todo. Dejó la botella vacía sobre la mesada con una nota debajo: 'Próxima lluvia: yo traigo el vino'. Sofía la leyó dos veces.

No era una historia de amor todavía. Era algo más pequeño y más preciso: dos personas en el mismo piso de un edificio rosarino que descubrieron que cuatro metros de balcón a balcón pueden ser, bajo ciertas condiciones, una distancia perfecta.