Lucía tenía treinta y dos años y una relación de tres años con Tomás que funcionaba bien en todos los sentidos excepto en el de la proximidad. Él vivía en Córdoba capital, ella en Villa Urquiza. Cuatrocientos kilómetros que convertían cada visita en algo que había que construir con más cuidado que las relaciones que se ven todos los días.
§ 01La logística del deseo a distancia
Tomás llegaba los viernes a la noche en el bus de las nueve y se iba los domingos a la tarde. Ese margen de tiempo había desarrollado en los dos una habilidad particular: la de no desperdiciar. No en el sentido ansioso de aprovechar cada minuto, sino en el sentido de estar realmente presentes durante el rato que el calendario les concedía.
El domingo era el día favorito de Lucía. Sin el entusiasmo nervioso del viernes ni la melancolía anticipada del lunes, el domingo tenía una calidad de tiempo suspendido. Tomás lo sabía. Por eso había aprendido a hacer el café largo antes de que ella se despertara y a dejar la ventana del dormitorio entornada para que entrara el sonido del barrio.
§ 02Domingos que merecen su propio nombre
Ese domingo en particular había llovido desde la madrugada. Villa Urquiza con lluvia tiene una acústica distinta: los autos pasan más despacio, los comercios abren tarde, el barrio parece darse permiso. Lucía se despertó con el sonido del agua y el olor a café y no supo por un segundo si estaba en la semana o fuera de ella.
Tomás estaba en la cocina con treinta y ocho años y esa capacidad suya de ocupar un espacio sin invadirlo. Lucía lo estudió desde el umbral antes de que él la viera. Pensó en lo raro que era conocer tan bien a alguien y seguir encontrando cosas nuevas en la forma en que se mueve.
Él la vio. Le preguntó cómo había dormido. Ella contestó con un gesto vago y se acercó. No había urgencia ni programa. Solo el acuerdo silencioso de los dos de que ese rato era completamente suyo y podía ir adonde quisiera ir.
Tomás le preguntó, con la taza en la mano, si quería quedarse en casa todo el día. No como pregunta retórica sino como oferta genuina. Lucía dijo que sí. Él dijo: 'Bien. Entonces no apuremos nada.'
§ 03Lo que construye la distancia cuando se la deja
Pasaron el día sin salir. Cocinaron algo a mediodía con lo que había en la heladera, discutieron amablemente sobre la mejor forma de hacer arroz, pusieron una película que ninguno de los dos terminó de ver. La lluvia no paró en todo el día y eso los dejó con una excusa perfecta para no moverse.
Lo que Lucía pensó, ya entrada la tarde, mientras escuchaba a Tomás hablar de un proyecto de trabajo con esa forma que tenía de entusiasmarse con las cosas, fue que la distancia les había regalado algo que las parejas de todos los días a veces pierden: la capacidad de verlo. De verdad verlo, sin que la costumbre lo vuelva invisible.
El bus del domingo a la tarde salió con Tomás adentro y Lucía en el andén con las manos en los bolsillos. Cuatrocientos kilómetros otra vez. Pero el domingo, ese domingo específico, ya era parte de algo que ninguna distancia iba a poder achicarse.






