Camila tenía veinticinco años y la costumbre de confundir la admiración con otra cosa que tardaba mucho en nombrarse.

§ 01La mujer de la terraza

Luciana tenía treinta y ocho y era amiga de la madre de Camila desde antes de que Camila existiera. Eso, en cualquier otro contexto, habría cerrado todas las puertas. Pero ese enero en Punta del Este, con el sol cayendo sobre la Playa Brava y el Rosario natal quedando lejos como un sueño del invierno, las categorías familiares se disolvieron en la sal del aire.

Se habían cruzado en la terraza del departamento que compartían con otros cuatro amigos. Luciana fumaba un cigarrillo con la vista perdida en el horizonte. Camila salió con intención de leer y terminó mirándola.

Hablaron hasta que se apagó el último color del cielo. De cosas que Camila nunca le había dicho a nadie de su generación y que Luciana escuchó sin el gesto de quien aconseja. Escuchó como quien reconoce.

Hay personas que no te enseñan nada porque ya saben lo mismo que vos, pero en otra lengua.

§ 02Lo que no se dice en la mesa familiar

La tensión duró tres días. Camila la sentía como un peso físico, algo que ocupaba el espacio entre las dos cuando estaban en la misma habitación. Luciana, que tenía más años y más práctica con esas cosas, la dejó madurar sin apuro.

El cuarto día llovió y la casa se vació. Los otros salieron a buscar una cantina en el centro. Ellas se quedaron con la excusa de la lluvia y un libro que ninguna abrió.

Fue Luciana quien habló primero. No con rodeos, pero sí con cuidado: le preguntó si lo que Camila sentía era algo que quería explorar o algo que prefería dejar ahí, entre el humo del cigarrillo y el sonido del mar. Le aclaró que cualquiera de las dos respuestas estaba bien. Que no había una correcta. Camila tardó un momento. Después dijo que quería explorar.

§ 03Lo que deja el verano

No fue un flechazo de película, fue algo más lento y más honesto. Una conversación que se convirtió en cercanía, que se convirtió en contacto, que se convirtió en algo que Camila no supo cómo llamar hasta semanas después, ya de vuelta en Rosario, con el frío de febrero pegando en las ventanas del departamento del Centro.

El verano no enseña lecciones; deja marcas que el invierno recién empieza a descifrar.

Lo que sí supo desde esa noche fue que la admiración no era la palabra. Que había algo en Luciana que no tenía que ver con la edad ni con los años de amistad con su madre, sino con esa manera de estar en el mundo sin pedir permiso. Y que ella, Camila, quería aprender ese idioma.