Renata tenía 31 años y una teoría sobre los trenes: que la gente en los subtes de Buenos Aires se divide entre los que miran el piso y los que miran a los demás, y que los segundos son siempre más interesantes. Ella era de los segundos. Por eso notó a Nico en el andén de Congreso, un viernes a las siete de la tarde, cuando él también la estaba mirando a ella y ninguno de los dos hizo el gesto de desviar los ojos.
§ 01El andén como punto de partida
Nico tenía 29 años y trabajaba en una agencia de diseño de San Telmo. Había tenido un día largo y estaba pensando en nada específico cuando el vestido de Renata —negro, de esos que tienen una forma tan exacta que parecen una declaración de intenciones— entró en su campo visual y después entró su cara y después él se dio cuenta de que estaba mirando con demasiada obviedad y que ella no solo no se molestaba sino que sostenía la mirada.
El tren llegó. Subieron al mismo vagón sin coordinarlo. Se quedaron de pie, cerca sin ser incómodo, con el ruido de la Línea A de fondo —ese ruido antiguo de madera y rieles que no se parece a ningún otro subte del mundo— y Nico pensó que o le decía algo ahora o el tren llegaba a Puan y la probabilidad de encontrarla de nuevo era básicamente cero.
§ 02Cuatro estaciones
Le preguntó si el libro que tenía en la mano era bueno. Era una pregunta básica y los dos lo sabían. Renata se rio antes de responder, una risa que decía 'sé exactamente qué estás haciendo', y eso, en lugar de incomodarlo, lo tranquilizó. Le dijo que el libro era bastante bueno y que si quería saber de qué trataba tenía hasta Puan para preguntarle.
Hablaron de Puan a Carabobo. En Carabobo, Renata se bajó porque era su estación. Nico se bajó también, sin que nadie se lo pidiera. Ella lo miró con una ceja levantada. Él dijo que en realidad vivía en Once pero que podía caminar. Renata dijo que Once quedaba para el otro lado. Él dijo que lo sabía.
Caminaron ocho cuadras hasta un bar de Avenida Rivadavia donde ella iba seguido. Pidieron cervezas. El vestido negro, bajo la luz del bar, tenía una presencia distinta que en el andén: más tranquila, más cercana. Nico le preguntó cómo se llamaba. Ella se lo dijo y le preguntó por qué no le había preguntado antes. Él dijo que había estado ocupado mirándola.
§ 03Lo que pasa después de la segunda cerveza
Después de la segunda cerveza, Renata preguntó qué tenía pensado hacer con el resto de la noche. Nico dijo que eso dependía bastante de ella. Ella consideró la respuesta un momento, con esa expresión de quien evalúa una propuesta con criterio propio, y después dijo que su departamento quedaba a dos cuadras y que podían seguir hablando ahí si quería, y que si en algún punto no quería seguir, se lo decía y listo.
Nico dijo que le parecía muy bien, la claridad, quería decir. Que era exactamente el tipo de conversación que le gustaba tener antes de nada.
El departamento de Renata tenía una terraza pequeña con una silla de jardín y una planta de albahaca. Terminaron ahí, con el ruido de Rivadavia abajo y el frío de marzo que todavía no era frío del todo. El vestido negro seguía siendo una declaración de intenciones. Ahora él entendía mejor cuáles.






