Valentina tenía veintisiete años y una costumbre peligrosa: apostar solo cuando sabía que iba a perder.
§ 01Las reglas del juego
El bar de San Telmo olía a madera vieja y a cerveza tibia. Había llegado con amigas que se fueron dispersando entre la segunda y la tercera ronda, y ella se quedó sola frente a la mesa de billar con un taco en la mano y ningún rival a la vista. Hasta que apareció Ramiro.
Tenía veintinueve años, hombros anchos y la calma de alguien que no necesita demostrar nada. Le preguntó si quería jugar una partida. Ella dijo que sí antes de preguntarse por qué.
La apuesta fue idea de los dos al mismo tiempo, lo cual ya era una señal. Si él ganaba, ella tomaba un shot de algo que él eligiera. Si ganaba ella, él tenía que contarle un secreto real, no de los corteses. Ninguno de los dos mencionó qué pasaría si empataban. Eso también era una señal.
§ 02La derrota calculada
Valentina perdió. Lo supo en el momento en que erró el tercer tiro a propósito, aunque nunca se lo confesaría a nadie, ni a sí misma en voz alta. Ramiro eligió un Fernet con limón, que ella detestaba, y eso lo hizo más interesante todavía.
Hablaron durante dos horas apoyados en la barra. De ciudades que habían dejado a medias, de trabajos que no eran lo que se esperaba, de esa sensación de los domingos a las seis de la tarde que no tiene nombre pero todo el mundo conoce. En algún momento sus rodillas se tocaron y ninguno las movió.
Cuando el bar empezó a vaciar, Ramiro le preguntó si quería caminar un poco. No lo formuló como una continuación de la noche; lo formuló como una pregunta genuina, con espacio para el no. Eso fue lo que la convenció.
§ 03Adoquines y acuerdo
Caminaron por Defensa hasta que el frío les ganó la conversación. Se detuvieron bajo un farol y Ramiro le preguntó, directo y sin rodeos, si podía besarla. Valentina pensó que esa pregunta era casi una segunda apuesta. Dijo que sí.
No recordaría mucho del resto de esa noche con precisión cronológica. Recordaría, en cambio, el ruido de los adoquines bajo sus zapatillas, la calidez del departamento de él en el cuarto piso de un edificio sin ascensor, y la sensación extraña y buena de haber perdido exactamente lo que quería perder.






