La idea había sido de Pablo, pero Renata la había hecho propia desde el principio. Llevaban cuatro años juntos, 38 y 36, y habían aprendido a distinguir los deseos que conviene no decir de los que conviene decir en voz alta aunque den vértigo. Este era del segundo tipo.
§ 01El grupo de senderismo
Llegaron a La Cumbrecita un viernes de julio con mochilas medianas y la reserva de una cabaña para el fin de semana. Lu, 32, era amiga de Renata desde la facultad: vivía en Villa Carlos Paz, trabajaba en diseño gráfico freelance y era la persona más directa que Renata conocía. Cuando Renata le había planteado la idea tres semanas antes, Lu había tardado exactamente cuarenta y ocho horas en responder: 'Me parece bien. ¿Cuándo?'.
Los tres se encontraron en el centro peatonal del pueblo. Hubo algo de torpeza al principio, esa incomodidad de las situaciones nuevas que todavía no tienen protocolo. Pablo propuso que salieran a caminar antes de que oscureciera. Era una buena idea: el movimiento ayuda a que el cuerpo llegue a donde la cabeza ya está.
§ 02La conversación junto al fuego
Pablo encendió la salamandra. Renata abrió el vino. Lu se sentó en el sillón grande con las piernas cruzadas y dijo, con la calma que la caracterizaba: 'Antes de que sigamos, quiero que hablemos de lo que cada uno quiere y lo que no quiere. Sin presión, en serio'.
Fue la mejor decisión de la noche. Hablaron durante casi una hora: límites, preferencias, cosas que estaban fuera de discusión para cada uno. Renata dijo las suyas con una claridad que la sorprendió a ella misma. Pablo escuchó más de lo que habló, que era su manera de estar presente. Lu tomó nota mental de todo con esa concentración suya que a Renata siempre le había parecido una forma de respeto.
Cuando terminaron, Lu preguntó: '¿Seguimos todos de acuerdo?'. Los tres dijeron que sí, de formas distintas pero sin ambigüedad.
§ 03Sábado, lluvia, silencio de sierra
Llovió toda la noche. Ese sonido de lluvia sobre techo de madera que hace que el interior de cualquier lugar parezca más pequeño y más cálido. Los tres encontraron un ritmo que no había sido planeado sino que fue apareciendo, con sus propias pausas y sus propios momentos de ternura inesperada.
Renata recordaría después no tanto los detalles físicos sino un momento específico: los tres despiertos a las tres de la mañana, escuchando la lluvia, hablando de cosas que no tenían nada que ver con el sexo. De infancias, de miedos, de cómo cada uno había llegado hasta ese punto de su vida. Fue eso, más que cualquier otra cosa, lo que hizo que el fin de semana valiera.
El domingo Lu volvió a Carlos Paz. Se despidieron con un abrazo largo en el estacionamiento de tierra. En el camino de vuelta a Rosario, Renata y Pablo no hablaron mucho. No hacía falta. Eran de las parejas que saben cuándo el silencio también dice algo.






