Valeria tenía treinta y cuatro años y había ido a Bariloche sola, cosa que nadie de su entorno terminaba de entender. Un viaje de una semana en julio, cabaña propia, sin itinerario fijo ni compañía obligatoria. Le costó más explicarlo que organizarlo. La cabaña quedaba en un complejo pequeño sobre la costanera, con vista al lago Nahuel Huapi y el Tronador de fondo, y la sensación de que el tiempo ahí funcionaba con otras reglas.

§ 01La cabaña del lado y lo que traía

Esteban llegó al complejo dos días después que ella. Cuarenta años, arquitecto según dijo más tarde, con una mochila grande y la costumbre de saludar a los desconocidos como si ya los hubiera visto antes. Valeria lo notó desde el deck de su cabaña mientras él buscaba la llave en el bolsillo. Lo notó con esa atención lateral que una tiene cuando no quiere que se note.

Lo que siguió fueron dos días de encuentros casuales: el desayuno en el espacio común, la misma senda de trekking al Cerro Campanario, el bar del centro de Bariloche donde los dos terminaron solos en mesas distintas con el mismo libro de la biblioteca del complejo. Ese detalle los hizo reír lo suficiente como para juntarlas.

Hay una forma de mirar que no pide permiso porque todavía no sabe si lo que ve es real o solo lo que quiere ver.

§ 02Bariloche en julio y la honestidad del frío

Valeria tenía una regla para los viajes sola: no apurarse en nada. Esa regla la había construido después de un viaje a Mendoza donde había tomado decisiones rápidas que no tenían que ver con lo que ella quería sino con lo que creía que se esperaba de ella. Así que cuando Esteban le propuso cenar juntos esa noche, se tomó unos segundos reales antes de responder.

Cenaron en una parrilla del centro con vista a la calle nevada y vino de la zona. Esteban hablaba bien, sin monopolizar. Preguntaba cosas que tenían curiosidad genuina adentro. Valeria fue soltando capas de a poco, como siempre hacía cuando el interlocutor se lo ganaba.

En algún punto de la noche, Esteban dijo que había notado que ella lo había visto llegar el primer día. Lo dijo sin triunfo, solo como dato. Valeria podría haberse puesto a la defensiva. En cambio se rió: 'Observo. Es un defecto o una virtud, según el caso.' Él dijo: 'En este caso, diría que es un punto de partida.' Valeria pensó que era una buena forma de decirlo.

§ 03El permiso que se pide en voz alta

Esteban preguntó antes de asumir nada. Ese gesto pequeño cambió el peso de toda la noche.

Volvieron al complejo caminando bajo la nieve ligera que había empezado cerca de la medianoche. Bariloche en julio tiene esa generosidad de hacer que cualquier cosa parezca parte de un plan que la ciudad preparó para vos. Valeria lo sabía y lo disfrutaba sin romantizarlo demasiado.

Frente a las cabañas, Esteban preguntó si podía entrar. Sin rodeos, sin insinuación ambigua. Solo la pregunta. Valeria consideró durante un segundo que fue honesto, no calculado. Luego dijo que sí. Luego agregó: 'Pero quiero que sepas que mañana me voy de excursión temprano y no voy a cambiar el plan.' Él dijo que le parecía bien. Y lo decía en serio.

La mañana siguiente Valeria se fue a la excursión temprano como había dicho. Esteban le dejó café en el termo de la cabaña sin pedirle nada a cambio. Valeria pensó, subiendo hacia el cerro con las botas en la nieve, que esa pequeña cosa era exactamente lo que hacía que valiera la pena haberse quedado.