Juliana y Tomás llevaban tres años siendo lo mismo que el viento: aparecían, desaparecían, volvían desde una dirección que nadie había predicho.
§ 01El ciclo conocido
Ella tenía treinta y uno y vivía en Villa Crespo. Él tenía treinta y tres y había pasado los últimos dos años entre Buenos Aires y Montevideo por trabajo, lo cual era una explicación pero también era una excusa, y los dos lo sabían. Se habían conocido en una app, cosa que ya no le parecía a ninguno de los dos algo que valiera la pena disimular.
El patrón era siempre el mismo: una época de mensajes diarios, de encontrarse los miércoles y quedarse hasta el jueves, de hablar de viajes posibles. Después algo se aflojaba, no dramáticamente sino de a poco, como cuando el agua de la bañera se enfría sin que nadie lo decida. Semanas de silencio. Uno de los dos mandaba un audio a las once de la noche. El ciclo volvía a empezar.
Juliana lo llamaba, en su cabeza, la veleta. No con rencor, sino con la precisión de alguien que lleva el registro de dónde sopla el viento. Tomás, si le hubieran preguntado, habría dicho algo parecido de ella.
§ 02La noche del bar de la esquina
Se vieron en un bar de Palermo un miércoles de agosto con lluvia. Tomás había vuelto de Montevideo hacía diez días y había tardado esos diez días en escribirle. Juliana había respondido en cuarenta minutos, que era exactamente el tiempo que había necesitado para decidir que iba a responder.
Pidieron vino y durante la primera hora hablaron de todo menos de lo que había que hablar. De una serie, de un libro que él había leído en el barco, de una amiga de ella que se iba a vivir a Barcelona. Cosas reales, pero tangenciales.
Fue Juliana quien lo nombró. Con la copa a medio tomar y sin rodeos: le dijo que estaba cansada del ciclo. Que lo quería ver, que probablemente siempre iba a querer verlo, pero que necesitaba saber si él quería lo mismo que ella o algo distinto. Que cualquiera de las dos respuestas era válida, pero que el silencio ya no lo era.
§ 03Lo que dijo Tomás
Tomás tardó. No el tiempo de quien evita, sino el de quien está procesando algo en tiempo real. Le dijo que tenía miedo. No de ella, sino de él mismo, de esa costumbre que tenía de alejarse justo cuando algo empezaba a importarle de verdad. Le dijo que no sabía si eso tenía solución pero que quería intentar nombrarlo.
Juliana pensó que esa frase no era una respuesta. Pero era, al menos, el principio de una conversación real, la primera en tres años que no empezaba con un audio de las once de la noche.
Salieron del bar bajo la lluvia sin apuro. No habían resuelto nada. Pero algo, en algún lugar entre las dos copas de vino y la honestidad incómoda de Tomás, había cambiado de dirección. Por primera vez en mucho tiempo, la veleta apuntaba hacia algún lado concreto.






