Sofía tenía veintinueve años y llevaba demasiado tiempo postergando su propio cuerpo. No de forma dramática, sino de ese modo cotidiano en que una persona va poniendo el cuidado propio siempre para después. Fue su amiga quien le recomendó el estudio de Renata, una masajista de treinta y cuatro años que trabajaba en un departamento de Palermo con luz cálida, plantas en las repisas y música que no molestaba.

§ 01El arte de recibir sin pedir disculpas

La primera sesión fue completamente profesional. Sofía llegó con la espalda hecha un nudo después de semanas de home office y salió dos horas después sintiendo que había recuperado algo que no recordaba haber perdido. Renata trabajaba con una precisión que no era mecánica sino atenta, como si leyera información que el cuerpo guardaba sin palabras.

Volvió tres semanas después. Y luego otra vez. En la cuarta visita se quedaron hablando después de la sesión, con té en la mesa ratona y la conversación tomando la temperatura de algo diferente. Renata fue directa: 'Noto que hay algo más que incomodidad física. ¿Querés contarme?' Sofía tardó un segundo y luego habló durante veinte minutos sin parar.

§ 02Cuando la conversación cambia de cuarto

Renata trabajaba con una precisión que no era mecánica sino atenta, como si leyera lo que el cuerpo guardaba sin palabras.

Lo que siguió en las semanas posteriores no fue una confusión de roles sino una conversación honesta. Renata propuso una pausa en la relación profesional antes de que pudiera convertirse en otra cosa, porque mezclar los dos marcos le parecía poco serio para ambas. Sofía lo agradeció en silencio. Era raro que alguien pusiera esa claridad sobre la mesa antes de que hiciera falta.

Se vieron para tomar algo en un bar de Thames un jueves a la tarde. Sin camilla, sin aceites, sin el contexto que hasta entonces había enmarcado cada encuentro. Solo dos personas en ropa de calle descubriendo si lo que había entre ellas sobrevivía fuera del estudio. Sobrevivía, y con creces.

Renata le preguntó, con la misma sencillez con que preguntaba todo, si le parecía bien que la invitara a casa esa noche. Sofía dijo que sí. Luego agregó: 'Me gusta que preguntes.' Renata sonrió. 'Siempre pregunto. Es la parte más importante.'

§ 03Palermo de noche, sin apuro

Caminaron las diez cuadras hasta el departamento de Renata con la calma de quien no necesita apurar nada. Sofía notó que la ciudad de noche tenía otra textura, más porosa, más dispuesta a contener lo que las personas traen consigo.

Hay personas que te enseñan a recibir antes de darte nada. Ese es el regalo más raro.

En el departamento había las mismas plantas, la misma música baja. Pero esta vez Sofía no estaba ahí para soltar tensión muscular sino para estar presente de un modo distinto. Más expuesto, más elegido.

Después, con la ventana abierta y el ruido amable de Palermo entrando desde abajo, Sofía pensó que cuidarse a una misma a veces empieza por dejar que alguien más te muestre cómo se hace.